LA OBSTINACIÓN: El enemigo oculto del corazon
Algo que Dios ha estado lidiando conmigo en estos últimos meses es con la obstinación, que en palabras simples es la “terquedad”. Creo que todos en algún momento o durante nuestras vidas lidiamos en ciertas situaciones con ello. Queremos que el cosmos gire conforme a lo que deseamos y queremos, o, que simplemente porque queremos que sea así. Otra forma de obstinación es Dios interviniendo constantemente, pero volvemos al mismo pecado y al mismo lugar de donde Dios ya nos sacó; o, cuando deseamos tanto algo que Dios dijo que no o que no nos ha autorizado, pero nos obstinamos en conseguirlo hasta completarlo. Una cosa tan simple y tan obstinada en la que me volví fue con una respuesta de Dios. Creo que el pobre hasta se tapó sus oídos para no escuchar “mi oración” que dejó de ser petición con un corazón humilde a volverme terca con Dios.
La obstinación se ve en nosotros cuando tenemos nuestros planes, nuestros sueños, nuestras metas, cuando tengo yo la razón, cuando soy la víctima, cuando soy el ofendido, cuando soy el afectado del lugar o cuando deseamos tanto algo que no podemos alcanzar y no importa cuantas deudas tenga que tener para tener el último auto del momento o a quien tenga que destruir por el paso para tener el puesto en mi trabajo, o, por ejemplo, los que les contaba en el blog anterior sobre qué yo quería ser como mi papá en el ministerio. Llega un punto de nuestra vida donde dejamos de confiar y de creerle a Dios, pero es porque no sometemos nuestro corazón a su voluntad, sino a mi deseo. Y no es que Dios no nos quiera dar lo que soñamos o queremos, pero entramos en modo de “Si no me das lo que quiero, no quiero nada”.
Sin embargo, en ese desvío del corazón (que en el hebreo, la obstinación es algo torcido), lo que provocó es que poco a poco uno se rebele contra Dios de manera directa e indirecta porque nosotros, simples mortales, queremos que Dios nos responda, nos aclare, nos muestre, nos dé, nos entregue, nos llene con eso que nosotros deseamos, pero que no está siendo conforme a Dios. Sin embargo en Salmos 32:8-9, nos dice que es Dios quién me muestra el camino y no yo a Dios, dice así: «Te enseñaré y te mostraré el camino; te estaré observando y seré tu guía. No sean como el caballo o como el mulo sin entendimiento, a los que hay que sujetar con rienda y freno porque si no, no se acercan a ti».
La obstinación es un enemigo sutil en nuestro corazón, que muchas veces se viste de piedad o de constancia en Dios en oración, pero que es querer doblegar a Dios. Creo que es algo difícil de digerir o de pensar qué hay obstinación en tu corazón. Pero, no dejes de orar o de pedirle a Dios, pero que siempre sea su voluntad y no la nuestra. Allí es donde entra la parte que menos nos gusta como hijos de él y es aprender a confiar en Dios y en que es él quien me va a mostrar EL CAMINO.
Quiero que te preguntes hoy: ¿qué tan obstinado estás siendo con Dios? Y ¿cuánto estás dispuesto a que él sea quien guíe tus pasos?. Haz una pequeña oración y dile: Papá ayúdame a ser obediente a ti, quita la terquedad de mi corazón y de que son mis planes y mis deseos, y ayúdame a confiar en ti y en que todo lo que tú haces es mejor para mí.
Y sé que todos buscan una solución a esto, pero nuestro corazón es terco y siempre está torcido al mal, por eso te invito a que siempre hables con tu padre y pídele que te muestre tu propio corazón y que es te examines a diario, porque nosotros sabemos cuándo estamos siendo obstinados (créeme que el Espíritu Santo es experto en decírtelo y de marcar un signo de alarma en ti). Esto va a ser un caminar diario y someter tus decisiones, deseos y anhelos a Dios, pero, sobre todo a confiar en él y en sus respuestas. Pero si te advierto algo, a ser muy muy duro, pero allí es donde cambiarás la obstinación por la obediencia.

Comentarios
Publicar un comentario